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| 23-07-2007 |
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Resumen del Libro: “El medio pelo en la sociedad argentina”. |
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El tema que voy a tratar en este libro es de sociología, debo prevenir al lector que no estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de “bozal y lazo”, Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la especialidad. Guardando las distancias con el autor de Martín Fierro intento colocármele “a la paleta” en el método, proporcionando datos y reflexiones que he recogido como actor y observador apasionado en el curso de una vida lo suficientemente prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del siglo.
Pretendo ofrecerle a mis paisanos un espejo donde vean reflejadas ciertas modalidades nuestras, particularmente en la cuestión de los status, de cuya evolución histórica me ocuparé en primer término. Deseo hacerlo amablemente, abusando del escaso humor de que dispongo, para atenerme al castigat ridendo mores, en espera de que la comprensión de la falsedad de ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente, contribuyan a liberar a muchos de las celdas de cartón en que se encierran con la aceptación de artificiales convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos que refiero, valorándolos según el juicio que surja de su particular inclinación interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y es su tarea determinar causas, lo que no excluye que ocasionalmente me aventure hasta las mismas, cuando lo imponga la descripción de los grupos identificados. Esencialmente aspiro a señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas de conducta vigentes en los grupos sociales que la han influido, y sólo subsidiariamente referirme a las causas originarias de las mismas. |
El tema que voy a tratar en este libro es de sociología, debo prevenir al lector que no estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de “bozal y lazo”, Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la especialidad. Guardando las distancias con el autor de Martín Fierro intento colocármele “a la paleta” en el método, proporcionando datos y reflexiones que he recogido como actor y observador apasionado en el curso de una vida lo suficientemente prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del siglo.
Pretendo ofrecerle a mis paisanos un espejo donde vean reflejadas ciertas modalidades nuestras, particularmente en la cuestión de los status, de cuya evolución histórica me ocuparé en primer término. Deseo hacerlo amablemente, abusando del escaso humor de que dispongo, para atenerme al castigat ridendo mores, en espera de que la comprensión de la falsedad de ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente, contribuyan a liberar a muchos de las celdas de cartón en que se encierran con la aceptación de artificiales convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos que refiero, valorándolos según el juicio que surja de su particular inclinación interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y es su tarea determinar causas, lo que no excluye que ocasionalmente me aventure hasta las mismas, cuando lo imponga la descripción de los grupos identificados. Esencialmente aspiro a señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas de conducta vigentes en los grupos sociales que la han influido, y sólo subsidiariamente referirme a las causas originarias de las mismas.
Con lo ya dicho-la naturaleza de testimonio de este trabajo-, excuso la ausencia de informaciones estadísticas y de investigaciones de laboratorio que pudieran darle, con la abundancia de citas y cuadritos, el empaque científico de lo matemático y al autor la catadura de la sabiduría. Las pocas pilchas que lo visten son las imprescindibles para justificar la presentación del testimonio.
Relatividad del dato “científico”.
A este respecto debo confesar mi prevención contra los datos de éste género que en muchas ocasiones, con su deficiencia perturban más que ayudan. Creo en la eficacia de utilizar como correctivo del dato numérico la comprobación personal para que no ocurra lo que al espectador de fútbol que con la radio a transistores pegada a la oreja, cree lo que dice el locutor con preferencia a lo que ven sus ojos.
La rectificación por la experiencia del dato aparentemente científico exige haberse graduado en la universidad de la vida; por lo menos tener algunas carreras corridas en esa cancha.
El estaño como método de conocimiento
Tener estaño es una expresión sucedánea de otra tal vez más gráfica pero menos presentable, y se refiere al “estaño” de los mostradores.
Tal vez la deficiencia de nuestros datos científicos obedezca al tipo de nuestra economía y sociedad en transición, fluida en sus etapas cambiantes, -como ocurrió en los Estados Unidos, cuyas técnicas son ahora modelo imprescindible, desde el final de la Guerra de secesión hasta la primera de las guerras mundiales; que sus métodos sólo sean compatibles con la existencia de un capitalismo de concentración muy avanzado, o con el socialismo, que excluyen la presencia del pequeño empresario, del taller patronal que conserva una organización casi artesanal, de la abundancia de pequeños productores que entre nosotros representan el grueso de las actividades. En cambio, el ajuste de los datos es condición de existencia en las grandes organizaciones económicas con sus contabilidades organizadas, su propia estadística, el registro de los costos, es decir, los elementos básicos para una estadística general.
Parecida cosa ocurre en los censos y encuestas, donde se suman factores personales propios del informante y del recolector de datos que además pueden ser típicos de nuestra modalidad, factor del que se prescinde cuando se aplican sistemas que pueden ser hábiles en su lugar de origen.
El chico de la bicicleta.
El doctor Manuel Ortiz Pereyra, uno de los fundadores de F.O.R.J.A, fallecido ya hace muchos años, dejó un pequeño libro, editado en 1926 ó 1927, que se titulaba “El S.O.S de mi pueblo”. Era un hombre con mucho “estaño”, dotado de una notable inteligencia que le había permitido superar la solemnidad y el empaque, entonces anexos al título universitario; había sido la suya una vida múltiple y agitada en la que había tocado los más variados niveles de la fortuna y de las actividades ciudadanas; además, Dios lo había dotado de gracia.
Sobre esto de la información trata un capítulo titulado “El chico de la bicicleta”.
Comentaba allí la apariencia técnica con la que los diarios presentan una página llena de cuadritos con letras y números diminutos, donde se habla de cotizaciones de la producción en mercados de los que el chacarero nunca oyó hablar, y en medidas y precios de los que no tiene la menor idea. El chacarero, decía, se hace una imagen borrosa donde se embarullan Winnipeg, Ontario, Yokohama, Rótterdam, con dólares, libras, yens, rupias, florines, toneladas y Bushels, todas palabras misteriosas para él. No entiende, pero está muy agradecido a los grandes diarios que se preocupan por ilustrarlo para la defensa del precio de su cosecha, y supone que éstos sostienen grandes oficinas llenas de peritos de toda clase, que le proporcionan la información.
No hay nada de eso, decía Ortiz Pereyra. Lo único que hay es un chico con una bicicleta que va a buscar la página a lo de Bunge y Born o a lo de Dreyfus; es decir, que la aparente información para el vendedor la proporciona el comprador.
De tal manera a los efectos que en sí tiene la supuesta información científica, se arregla ésta del “chico de la bicicleta” donde la “información científica” es utilizada, y aún los datos correctos, de manera hábil para despistarnos mediante el manejo de la publicidad.
Advierto que con frecuencia seré redundante volviendo a lo ya dicho para ampliar algo, presentarlo desde otro punto de vista, o relacionarlo con lo que se expone en ese momento. Espero que se me perdone, pues escribo para mis paisanos del común, a quienes quiero facilitar la lectura que desearía fuese como un diálogo y que no deje a nadie en ayunas por un prurito de precisión técnica o sobreentendidos. Cárguelo a la cuenta de la común inteligencia que busco, y que también me obliga a ser algo difuso y a apelar al socorro de ejemplos y anécdotas ilustrativas, que pudieran ahorrarse con el lenguaje para iniciados que simplifica la exposición, pero que puede resultar esotérico para el profano.
Identificación del medio pelo
Falta ahora explicar por qué digo medio pelo.
En principio, decir que un individuo o un grupo es de medio pelo implica señalar una posición equívoca en la sociedad; la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee. Con lo dicho está claro que la expresión tiene un valor históricamente variable según la composición de la sociedad donde se aplica.
Cuando en la Argentina cambia la estructura de la sociedad tradicional por una configuración moderna que redistribuye las clases, el medio pelo está constituido por aquella que intenta fugar de su situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera superior. Esta situación por razones obvias no se da en la alta clase porteña que es el objeto de la imitación; tampoco en los trabajadores ni en el grueso de la clase media. El equívoco se produce en el ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y sectores ya desclasados de la alta sociedad.
Capítulo I
El marco económico de lo social y los tres fracasos de la burguesía
El “progreso indefinido”… y sus límites
Las generaciones que se propusieron el “progreso indefinido”, y lo fundaron en el exclusivo desarrollo agropecuario, actuaron como si estuviesen en presencia de un horizonte cuyos límites fugan delante del que marcha. Fueron congruentes con el pensamiento filosófico de la época, como el personaje de la zarzuela: “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. La superstición científica se alimentaba de una gran simplicidad que suponía que entre la lente del microscopio y la del telescopio podía caber todo el universo. Pero mayor simplicidad fue ignorar que el límite de la expansión económica agropecuaria estaba dado por la extensión de las pampas, su fertilidad y la curva de las precipitaciones pluviales.
Mucho más adelante este límite podría ser trascendido corriendo la lana más al sur y al oeste o con la aparición de los sorgos, ampliando la zona agrícola-ganadera hacia tierras entonces consideradas semiáridas, o con la diversificación de la producción agraria en los regadíos o en las zonas tropicales y subtropicales, pero se haría para satisfacción de otros mercados, particularmente el interno a crecer, y esto estaba fuera del presupuesto del “progreso indefinido”, que consistía en le intercambio cereal-carne por manufacturas.
También estaba fuera de ese presupuesto la relativa ampliación del espacio pampeano en sentido vertical, agregando algún pisito a la producción por el mejor manejo de tierras, su abono, o por la aplicación de la genética al cereal de lo que se hacía con el refinamiento de las haciendas. En cambio estaba a la vista la disminución de la producción de cereales, inevitable por la erosión o el desgaste de los sueldos en sucesivas cosechas expoliadoras y la inmovilización de gran parte de la todavía zona cerealera al convertirse en alfalfares destinados a la invernada de haciendas.
Los límites de este progreso estaban marcados por la geografía; una vez ocupado el espacio de la pampa húmeda se habría llegado al tope de las posibilidades de la producción previsible para el intercambio de la metrópoli, en cuanto a la cantidad.
Relación de los términos del intercambio
En cuanto al precio, el error es más comprensible: todavía la ciencia económica no había esclarecido eso de “la relación adversa de los términos del intercambio”, que consiste, simplemente, en saber que el proceso de transformación de la materia prima va incorporando costos a la misma y que éstos son absorbidos, en las distintas etapas de la transformación, por el salario y el capital del país donde se industrializa, de manera tal que las materias primas, en cuanto productoras de riqueza, sólo benefician en la primera etapa al país que las produce y exporta en bruto, mientras se les incorpora riqueza en cada etapa de la transformación, en el país que las transforma.
La población.
La inmigración vino a satisfacer las exigencias del complejo de inferioridad racial que padeció aquella generación de hispano-americanos avergonzados de su origen y que se liberaban del mismo calificando al resto de connacionales como víctimas de taras congénitas que los hacían inadecuados para la civilización; lo promovieron, a pesar de sus reticencias en cuanto a los meridionales de Europa, porque su brazo y u técnica les eran imprescindibles para ese progreso soñado, y en función de ese progreso previeron un crecimiento de población por la continuidad de la ola inmigratoria y el crecimiento vegetativo de los hijos del país nuevo. Así el “progreso indefinido” tenía una meta muy distante que acuñó una frase de ritual conmemorativo: “El día en que cien millones de argentinos irán ante el trono del Altísimo, conducidos por la azul y blanca”.
Ni vieron el límite del espacio geográfico apto para la economía que fundaban, ni vieron el límite de la población que cabía en ese espacio y con esa economía; jugaron la suerte definitiva del país a un destino de país chico creyendo que jugaban a la grandeza; creyendo que jugaban a la lotería jugaban a la quiniela; buscando el premio mayor jugaban a las dos cifras.
Cuando el país llegó a la décima parte de la población prevista y fue ocupado totalmente el espacio geográfico destinado a la carne y al cereal, el “progreso indefinido”, en el orden agropecuario, se detuvo. En adelante todo progreso significaría una competencia, un factor de perturbación en la estrategia económica prevista para la Argentina y, por consecuencia, todo el aparato de dirección económica que ellos habían dejado en manos del extranjero, por su incapacidad para realizarse como burguesía, se convertiría en el instrumento del antiprogreso.
Con esto creo que queda bien evidenciada la naturaleza real de un debate frecuente en el cual los partidarios del retorno al pasado invocan como su gran argumento el progresismo de las nuevas, sin comprender que aquel progresismo apresurado, como economía dependiente, fue el plato de lentejas por el que los primogénitos vendieron las posibilidades de una economía nacional integrada, que fatalmente reclamaría sus derechos una vez cubiertas las precarias posibilidades de aquel progresismo.
Oligarquía = Dependencia
Aquí dejo la palabra a un economista que nos explicará la alianza de las fuerzas económicas internas correspondientes a ese progreso limitado, con las fuerzas extranjeras que dirigieron y aún dirigen los resortes esenciales de nuestra economía, que quedó en sus manos por la incapacidad de esas mismas fuerzas internas.
Dice Aldo Ferrer (“La economía argentina”, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1963): …Finalmente, dado el papel clave que el sector agropecuario jugó en el desarrollo económico del país durante la etapa de economía primaria exportadora, la concentración de la propiedad territorial en pocas manos aglutinó la fuerza representativa del sector rural en un grupo social que ejerció, consecuentemente, una poderosa influencia en la vida nacional. Este grupo se orientó, en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particularmente británicos) a los cuales se hallaban vinculados, hacia una política de libre comercio opuesta a la integración de la estructura económica del país mediante el desarrollo de los sectores industriales básicos, naturalmente opuesta también a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra. La gravitación de éste grupo no llegó a impedir el desarrollo del país en la etapa de la economía primaria exportadora, dada la decisiva influencia de la expansión de la demanda externa y la posibilidad de seguir incorporando tierras de la zona pampeana a la producción. Sin embargo, después de 1930, cuando las nuevas condiciones del país exigían una transformación radical de su estructura económica, la permanente gravitación del pensamiento económico y la acción política de ese grupo constituyó uno de los obstáculos básicos al desarrollo nacional.
Gran Bretaña juega sus cartas
El progreso agropecuario argentino se iba realizando a medida que el país encajaba como la pieza de un puzzle en la organización económica buscada por el Imperio Británico con su avanzada ideológica: la doctrina manchesteriana.
Si en un principio el Río de La Plata fue considerado por la política de Gran Bretaña como una de las tantas plazas comerciales ultramarinas interesantes al comercio de Su Majestad, el pensamiento se completó después en la fórmula de Cobden (Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur su granja) precisada luego en la conformación exclusivamente agrícola-ganadera que hizo de nuestro país lo que Raúl Scalabrini Ortiz ha llamado “base y arma del abastecimiento británico”.
La Década Infame confiesa su juego.
Esto nos permite fijar, y para más adelante, el alcance y los límites de ese progreso. Cuando en 1934 el vicepresidente de la República, Dr. Julio Roca, como embajador argentino (negociación del tratado Roca-Runciman) dice en Londres que “la Argentina forma parte virtual del Imperio Británico”, no hace más que confirmar la naturaleza dependiente de nuestra economía como pieza en el puzzle imperial. Si la frase es lesiva para nuestra soberanía y honor nacional y provocó las consiguientes reacciones patrióticas en quienes las sentimos profundamente, esto no ocurrió porque estuviéramos ajenos al conocimiento de esa realidad que, precisamente, estábamos renunciando. Lo indignante era la aceptación como destino definitivo y como finalidad por los gobernantes argentinos cuando ya la miopía de los fundadores no era posible. Porque el Dr. Julio Roca no lo expresaba como la comprobación de la conformidad de ese gobierno y los sectores que representaba con la condición de dependencia que allí se reconocía. El tratado Roca-Runciman lo confirmó, porque fue un compromiso para que al precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase definitivamente esa virtual incorporación al Imperio.
Así, las leyes votadas en 1935, y que constituyeron el estatuto legal del coloniaje, tuvieron por finalidad detener cualquier progreso argentino en otra dimensión que pudiera modificar su situación en el puzzle. La política del “progreso” devenía ya la del antiprogreso, y la fuerza que nos había impulsado a andar, era ahora la que nos detenía.
Sintetizando: se aceleró nuestro desarrollo para integrarnos eficazmente en el Imperio. Ahora éste había llegado a los límites técnicamente exigidos y cualquier progreso de otro orden implicaría una alteración de la finalidad propuesta.
¿La descripción de la Argentina al sistema de una división internacional del trabajo era inevitable para los vencedores de Caseros? ¿La única perspectiva de progreso que se tenía por delante era la impuesta por la ortodoxia liberal y el libre juego de las fuerzas económicas nacionales e internacionales con que se doctrinaba?
Ni teórica ni prácticamente era así. Lo que sí puede ser cierto es que las condiciones históricas determinaban la organización capitalista de la producción. Es cierto que era la hora del capitalismo en marcha, pero no la del internacionalismo liberal. Los constituyentes del 53 buscaron su inspiración en las instituciones de los Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se quedaron en las apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No entendieron la naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson, o la entendieron y vendieron después a las generaciones argentinas desde la Universidad, desde el libro, y desde la prensa una interpretación superficial y formulista?
La guerra de secesión: ejemplo práctico.
Pero hubo después en los Estados Unidos la guerra de secesión: allí se enfrentaron sangrientamente el Norte, liberal nacionalista, con el Sur, adscripto a la producción exclusiva de materias primas y, consecuentemente, a la división internacional del trabajo, y puede decirse que la verdadera independencia de los Estados Unidos se resolvió en el campo de batalla de Gettysburg. ¿Cómo fue que los promotores de la política liberal internacionalista, siempre tratando de imitar a los Estados Unidos, no comprendieron el verdadero sentido de esa guerra, y cómo el “Destino Manifiesto” sólo podía cumplirse a condición de que el país industrial que promovía el desarrollo interno venciese al país de producción primaria que lo obstaculizaba? ¡Lectores pueriles de las doctrinas exportadas como los collares de abalorios para seducir a los indígenas, sólo vieron en aquella página dramática de la vida norteamericana la seducción lacrimógena de “La cabaña del Tío Tom”, sin percibir el trasfondo económico y político de los acontecimientos!
La Argentina preindustrial.
¿Pudo, a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional? ¿Existía la posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera ese papel?
Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que hay que saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de los vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía integrada, que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino económico para recorrer.
Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase que no desciende de los Pisaros de la vara de medir que en el contrabando y en el comercio exterior fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser burgués. Fundó la estancia moderna, y después fundó el saladero para industrializar su producción, y fundó paralelamente el saladero de pescado para satisfacer la demanda del mercado interno. Y defendió los ríos interiores y promovió el desarrollo náutico para que la burguesía argentina transportara su producción; integró la economía del ganadero con la industrialización y la comercialización del producto y le dio a Buenos Aires la oportunidad de crear una burguesía a su manera. Pero además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó realizar el mismo proceso que realizaban los Estados Unidos: frenó la importación y colocó al artesano nacional del litoral y del interior en condiciones de afirmarse frente a la competencia extranjera de la importación, abriéndole las posibilidades que la incorporación de la técnica hubiera representado, con la existencia de un Estado defensor y promovedor, para pasar del artesano a la industria.
La posible burguesía frustrada de la “patria chica”.
Ni los pálidos exiliados de Montevideo que echaron cebo después de Caseros, ni los generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de exterminio de la población nativa, ni los pobretones doctores de la Constituyente, podían haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y colendo esa burguesía federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la derrota o en sus vísperas, con la parentela del “tirano” a la cabeza, y ese mismo Dr. Vélez Sarsfield, que venía directamente de los salones de Manuelita. Ellos pudieron pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba de los Estados Unidos habían hecho, asumiendo ellos mismos, el papel económico que el “dictador” había presentado y sostenido.
Segundo fracaso: La burguesía próspera se siente aristocracia.
Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que comienza la brusca expansión agropecuaria del país.
Aldo Ferrer sintetiza de manera general el proceso de integración de los países productores de materias primas en el mercado mundial. Dice: “La apertura de los mercados europeos a la producción de alimentos y materias primas del exterior fue consecuencia del proceso de industrialización de los países de Europa, la especialización creciente de éstos en la producción manufacturera y la mejora de los medios de navegación de ultramar que rebajaron radicalmente los costos de transporte. Esto abrió en las economías de los países ajenos a la revolución tecnológica y a la industrialización de la época, llamados más tarde de la periferia, grandes posibilidades de inversión en las actividades destinadas a producir para los mercados de los países industrializados. Naturalmente, según se apuntó antes, los que más posibilidades ofrecían fueron aquellos de grandes recursos naturales y escasa población”. Agrega, también, que las “inversiones se presentaron tanto en las actividades puramente exportadoras como en la ampliación del capital de infraestructura, particularmente transportes, y también en los campos vinculados a las actividades de exportación, sus mecanismos comerciales y financieros, y en el desarrollo de actividades destinadas a satisfacer las demandas de países periféricos”.
El Roquerismo y la aparición de una idea industrialista.
Pero en cambio el interior ha vencido a los portuarios y la federalización de Buenos Aires abre las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo la exclusivamente porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese momento acompaña a los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa de Avalúos, parece volver a la política económica señalada por Rosas. Están los dos Hernández, Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amancio Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca. Pellegrini sintetizará el pensamiento de esa generación: “No hay en el mundo un solo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré algo más: siempre lo han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo puede hacerse práctica de muchas maneras, de las cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin dudas la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto”.
En el plazo de la inteligencia política las cosas han cambiado; la generación del 80 parece no estar arrodillada ante “los apóstoles del libre cambio”, como Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de los argentinos, como Sarmiento. Con Roca llegan al gobierno nacional, si no la “chusma civil” que dijo el sanjuanino, la “gente decente”, los principales de provincia cuyos intereses difieren de los portuarios.
Pero todo queda en vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne y los cereales, multiplican las cifras de la exportación; el roquerismo, como tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la provincia.
Una triste página de historia.
Quizás una de las páginas más tristes de la historia argentina es aquella entrega de la banda y el bastón que el general Roca hace al nuevo presidente quintana. Es el mismo Quintana, abogado del Banco de Londres y América del Sud, que había amenazado al ministerio de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de Irigoyen, con movilizar la escuadra inglesa por un incidente bancario, en el Rosario.
En su mensaje al Congreso, Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el final de toda tentativa de economía nacional. Se imponía reducir los impuestos, ahorrar en los gastos públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo aduanero”. El mismo autor agrega que se renunciaba a la orientación proteccionista que había sido una norma desde la presidencia de Avellaneda en 1875, y que a pesar de su moderación había permitido crear las industrias nacionales en el último cuarto de siglo de la influencia roquista. Quintana agregaría en el mensaje: “corregir las tarifas aduaneras cuando corresponda, otorgar franquicias a las industrias de otras naciones y aplicarlas sobre avalúos de verdad; moderar la protección de industrias precarias, si hemos de asegurar con ello la prosperidad de las industrias capitales”.
Los “civilistas” utilizan a los militares.
Desde entonces, con una sola excepción, los generales que llegaron al poder terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos” propósitos bajo la mirada complicada de las metrópolis económicas; convierten las armas nacidas para instrumento de la grandeza nacional en el recurso cómodo de esa clase de civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.
Esto es lo que en definitiva dice también José Luís Imaz al hablar de las Fuerzas Armadas el “Los que Mandan”: sin funciones manifiestas-no ha habido guerras-, el aparato bélico de las F.FA.A ha terminado por ser visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las F.F.A.A como fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político argentino.
La regla es válida para la generalidad de los golpes militares, con sus “batallones de Empujadores” y sus “Regimientos de Animémonos y Vayan” (civiles), que se saben herederos, pero no para el caso de 1943 que se engloba en el juicio. Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el juego se les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso nuevo y distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional que hemos tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber si éste se produce para establecer el statu quo de los viejos partidos políticos como guardianes de la economía dependiente, o para abrir las perspectivas de una economía nacional para el país y para el mismo ejército, rompiendo el esquema preestablecido en obsequio del acceso al poder de la parte de sociedad capaz de realizarse nacionalmente por que no está ligada a la vieja estructura.
La burguesía argentina fracasa por segunda vez.
Ese momento de la incorporación de las pampas al mercado mundial, también ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y carnes.
Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así generada. Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la navegación y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el Oeste.
Hemos visto cómo la economía inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el papel económico señalado por Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su incapacidad para cumplirlo en la gravitación de las ideologías, en la caída del pensamiento nacional, en la conducción política en manos del odio que quería borrar todo el pasado, y en su propia debilidad económica para emprender en ese momento la tarea.
Pero la situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones del Estado; sólo le basta sumir su papel como burguesía ilustrándose con el ejemplo de sus congéneres contemporáneas de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.
Los ausentistas en su hora de “medio pelo”.
Es que esa burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir prefiere creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en sus estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de la alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en Parí y en Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer, la cultura, el dinero; entrega a sus hijos en manos de “misses” y “mademoiselles” o a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de protegidos de segunda fila- con todo, mejores que ella, porque no se han descastado totalmente-. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero pretende ser una aristocracia, a diferencia de la “yanqui”, que en su simplicidad arrogante se afirma como burguesía.
Buenos Aires y su city.
No supieron ser en un país los hombres de la “city” y la “city” fue extranjera. Por la estúpida vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar para el desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba. Dilapidaron en consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía extranjera les dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la divisa fuerte se acabó dejaron de ser “los ricos del mundo” y volvieron para ser “los ricos del pueblo”, no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino del privilegio que les permitió acumular su condición de titulares del dominio, en la valorización de las tierras originada en la transformación y lo poco que invirtieron en la producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en virtud del cual, ya pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país pro comparación con los demás pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura extranjera de la producción el cómodo usufructo del intercambio.
Así, la expansión agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el país de capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para consolidar su situación de dependencia.
En la medida que esa clase no cumplió el papel que correspondía a una burguesía, se resignó a ser la fuerza interna dependiente cuya misión ha sido impedir toda modificación de la estructura. Es lo mismo que pasa con los ejércitos en todos los países periféricos: o intentan la realización nacional cumpliendo como tales con su destino histórico, o se convierten en una mera policía del orden conveniente a los de afuera. Esa diferencia que hay entre el soldado y el cipayo ocurre en el orden económico, según la burguesía cumpla funciones nacionales o simplemente sea un sector dependiente.
Los “progresistas” devienen antiprogresistas.
Cuando la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población siguió creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el peligro de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la estructura a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que vivió tirando manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.
Avances y retrocesos.
Desde 1914 estamos en la lucha del país nuevo y real con el país viejo y perimido, que para vivir él impide el surgimiento de nuestras fuerzas potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres pasos y retroceder dos. En ese andar hacia delante muchos sectores del interior han encontrado su situación transitoria en el crecimiento del mercado del litoral y sólo por él; el algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro, la yerba y el té de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el tabaco, el azúcar, el arroz y la variada gama de productos que han permitido avanzar a algunas provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el mecanismo exportador-importador del litoral.
1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la Revolución Libertadora se identifican en los fines, en la técnica revolucionaria, en los equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las fuerzas militares destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y cerrarle al país-cuya expresión armada de potencia son- el camino que les abrirá la posibilidad de ser potencia.
El tercer fracaso de la burguesía.
Esta vez la burguesía traicionó su destino. Y ahora no fue la burguesía tradicional, ya ligada definitivamente al anti progreso como expansión del país estático frente al país dinámico, porque el proceso de desarrollo que se cumplió en la etapa 1945-1955 significaba la oportunidad de la aparición de un capitalismo nacional con fines nacionales.
Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde todavía el capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que cumplir. También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el ascenso social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización y reclamando sólo una distribución digna por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales, levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de expansión.
El medio pelo y la nueva burguesía.
A la sombra de esa expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo industrial surgió una nueva promoción de ricos, distinta a la de los propietarios de la tierra que venía de las clases medias, y aún del rango de los trabajadores manuales, y se complementaba con una inmigración reciente de individuos con aptitud técnica para el capitalismo.
Pero ésta burguesía recorrió el mismo camino que los propietarios de la tierra, pero con minúscula.
Bajo la presión de una superestructura cultural que sólo de las satisfacciones complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como los modelos propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes supuestamente aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una aristocracia.
Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba jugar a esa clase. Bata leer, después de 1955, la literatura sindical y la de la burguesía- con la sola excepción parcial de la CGE- para verificarlo.
Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el sindicato era a su vez la garantía al mercado que su industria estaba abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra los “nuevos” de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia existencia? Así, asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los terratenientes, que eran enemigos naturales, sin comprender que los chistes, las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional. Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y la Recoleta, y no la llevaron de la mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.
El tema del “medio pelo”, es un filón inagotable para humoristas del lápiz y la pluma. Tanto han “cargado” éstos que parece inexplicable la subsistencia de la actitud que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de esas modas pasajeras que constituyen las frivolidades de nuestra tilinguería; que estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo social ya conformado.
Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y hasta podríamos agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo; pero lo grave es que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la nueva burguesía y parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su calcomanía de una supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento que reclama una urgente transformación que debe contar con el empuje creador de la clase hija de esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la burguesía del 80, confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con el oro viejo de los que guiaron a aquéllos.
CAPITULO II
La sociedad tradicional.
Fundación de Buenos Aires y Despueble.
El “Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata” de Lafuente Machain, sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la actual guía social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos, tanto en los “cabecitas negras” provenientes del interior, como en gente de origen paisano de la provincia de Buenos Aires.
Es que a diferencia de Europa- donde la sociedad aristócrata proviene de la nobleza feudal- en Buenos Aires la clase alta es directamente de origen burgués.
Allá los estamentos feudales, basados en el dominio territorial y en la espada, fueron penetrados por la burguesía a medida que el desarrollo del Estado moderno rompía la estructura política feudal, paralelamente con la desaparición del aislamiento geográfico. Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo preexistente: nace directamente de la incorporación del Río de la Plata al mercado mundial; es burguesa desde sus orígenes.
Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata de su engañoso reclamo metálico no existe. Tampoco la posibilidad de la encomienda que permite asentarse a los colonizadores sobre una base de vasallos o siervos, en un remedo de la sociedad feudal europea. Además de la falta de mano de obra indígena, el clima y el suelo no son propicios al establecimiento de la plantación, en la que el esclavo pudiera reemplazarlos. Ni existen ganados, ni la agricultura del clima templado es posible por que el transporte marítimo, a una distancia tan grande como la del extremo sur, sólo es hábil con su menguado tonelaje para el comercio de los metales preciosos o las mercaderías agrícolas de primera como el añil, el tabaco, el algodón, el azúcar, etc. que toleran altos fletes.
Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido más allá de las pocas chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte. Buenos Aires no es más que “una puerta de la tierra” pero de entrada, no de salida, en el camino al Perú de los metales. Su creación es una exigencia política que Gil Munilla esclarece en su libro sobre la fundación del Virreinato del Río de La Plata: poner un obstáculo al avance portugués y crear un avance en el Atlántico Sur para cerrar el acceso del Estrecho de Magallanes a los navíos holandeses e ingleses cuyo objetivo son los puertos en el pacífico.
El fuerte fundado por Don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede subsistir; sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.
Allí el repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen algunas artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que proporciona alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del europeo; hacen posible una economía doméstica de autosatisfacción.
Segunda Fundación.
De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los autores de la segunda fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el milagro de una multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas se han poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo fuerte una villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán por siglos el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre un medio geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los orígenes de los tiempos.
Ahora el mantenimiento y prosperidad de la fundación está asegurado porque existe su base elemental: la alimentación proporcionada sin necesidad de una mano de obra preexistente, en una ganadería que más se aproxima a la caza que a la producción rural. Además, los nuevos pobladores tienen experiencia americana: son los “mancebos” de la tierra, hijos puros de españoles o mestizos, hábiles ya en las artes necesarias para la vida americana. Sobre la base del abastecimiento de carnes y cueros- cuyo aprovechamiento en sustitución de otros recursos permite hablar de una “civilización del cuero”- los repartimientos de las tierras colindantes con la villa bastan para complementar, desde las “chácaras”, el mantenimiento de las mismas con tambos y huertas.
Es una economía como la asunceña, autosuficiente, sin perspectivas de riqueza, con intercambios domésticos, modestas construcciones y hábitos elementales de convivencia social.
La misma ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el cambio incorporado a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que genera la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí provendrá el establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual clase alta argentina.
Aparición de la burguesía porteña.
Contrabando y trata de negros.
Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada bajo los Austria y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte a la metrópoli en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias francesas, flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van creando las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de grandes señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y el agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos, maestros, artesanos y menestrales, comerciantes y hasta jornaleros para las chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.
Desde fines de siglo XVII van llegando a Buenos Aires catalanes, vascos, asturianos, judíos portugueses, que no son simples emigrantes de la metrópoli; son gente con recursos monetarios atraídos por las posibilidades económicas que crea el negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco tiempo se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del Cabildo, sean puestos a la venta con lo que, la posesión de dinero, desplazan a los descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así ocurre con todos los privilegios de éstos y aún con sus obligaciones de la milicia; los viejos herederos son desplazados políticamente-como ya lo había sido económicamente con la venta en remate de su antiguo privilegio de las “vaquerías”- a medida que Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía cerrada y se incorpora al mercado internacional.
El desclasamiento de los vecinos fundadores.
La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprobando los lotes urbanos bien situados y el crecimiento de la villa asiste a la situación del caserío de adobe y “chorizo”, por las casas de ladrillos de los nuevos. Los descendientes de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los ricos, ceden su lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y comerciantes, y se van retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas (“matanceros”), carreros, jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan las chacras en propiedad y atienden con los tambos y las huertas al abasto de la ciudad, según se multiplican se van desclasando, y el conjunto de los descendientes de unos y otros va poblando la campaña, unas veces como intrusos en las mercedes reales, otras como peones de las mismas; o simplemente se asientan en las tierras no repartidas, atendiendo a su subsistencia con los recursos que proporcionan las habilidades del gaucho carente de propiedad. Terminarán prácticamente adscriptos a la estancia de los nuevos en una servidumbre atenuada por la posibilidad permanente de evasión que ofrece al gaucho la amplitud del espacio y la abundancia de los recursos naturales.
Contra éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo pasado, destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien campo y hacienda continúan siendo res nullius.
Gente principal (parte sana y decente de la población) y gente inferior.
Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta fines del siglo XIX.
Pero no es simplemente la riqueza la que determina la caracterización de estas dos clases, pues sí en la “clase inferior” todos son pobres, no toda la “gente principal o decente” es rica; ésta se integra con un amplio sector de habitantes urbanos que en ciertas artesanías o en funciones dependientes de las actividades comerciales u oficiales gozan relativamente del mismo status.
Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su residencia urbana participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas, sobre todo en una vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase principal. En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de hecho de esa convivencia por las distancias y el aislamiento va perdiendo el hábito de las normas cívicas y religiosas que practicó originariamente.
Excluido de las normas de la vida urbana se resiente principalmente en su organización familiar, pues la dificultad de transporte y la azarosa vida de la naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye la práctica de las uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces imposibles, y no exigidas por el consenso del medio. Así, la ilegitimidad del nacimiento se va convirtiendo en un elemento característico de la “clase inferior”, y con él hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de lo que ocurre en el medio urbano donde los pobres de la “clase principal” se aferran a las prácticas que le aseguran su permanencia en ella.
Estos dos estratos- “principales” e “inferiores”- si bien se corresponden con diferencias económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en alta, intermedias y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente con la incorporación de los inmigrantes al país. (En todo caso la distinción entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la “clase principal”). Para ser gente “decente o principal” no es imprescindible ser rico, auque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase inferior por sus afectos mediatos, que ya se han visto al hablar del desplazamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar las pautas sociales comunes a toda la “gente decente” ajustando a la ética y al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo económico; así el ciudadano de su situación se hace obsesivo en los estratos más pobres de la “gente principal”, pues perderlo significa sumergirse en el abismo de la “gente inferior” a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso futuro. La condición para pertenecer a “la gente decente” se vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de separación entre los dos estratos que hace de los “inferiores” algo parecido a una casta de intocables con los atenuantes de una sociedad reducida y de la religión católica.
En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros pobladores, constituyen el grueso de la “gente inferior” que tiene una situación peculiar; no es la del siervo de la gleba por la inexistencia previa del feudalismo territorial; son hombres libres, pero sin posibilidades de ser propietarios. Marginales en la economía viven en la alternativa del peón estable u ocasiona y del gaucho alzado.
El caudillo, “sindicato del gaucho”.
La guerra de la Independencia misma, no alteran la situación de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una movilidad que la saca de su situación pasiva al incorporarla a la milicia. La caída económica del interior con el derrumbe del artesanado a consecuencia del comercio libre desplaza también hacia la “clase inferior” a sectores cuyas actividades económicas le habían permitido mantenerse en el estrato casi marginal de la “gente decente”.
Aparece el caudillo. Se da primero el caudillo de la independencia, militar o no, que hace la recluta de sus soldados en la “clase inferior”, lo cual es ya un motivo de fricción de la “gente principal” con el jefe, salido generalmente de ella misma, por que al hacer soldado al peón, la priva de su brazo perjudicando la explotación de sus bienes. En este conflicto el caudillo, jefe militar, hostilizado por la “gente principal” se hace fuerte en la solidaridad que la guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera el militar deviene caudillo, y más en la medida que la guerra de recurso hace depende el éxito de una absoluta identificación, que para esa guerra es más eficaz que los regimientos de cuartel y el arte académico de mandar.
Federales y unitarios ante el hecho social.
Con la caída del partido federal y los caudillos, la clase inferior deja de ser elemento activo de la historia; su presencia en la vida del Estado no alteraba la situación en la relación de los estratos sociales entre sí, pero obligaba a contarla como parte de la sociedad.
Después de Caseros, y más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es sólo sujeto pasivo de la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a buscar, ni sus inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La política será cuestión exclusiva de la “gente principal” durante más de cincuenta años.
La clase alta se amplía.
Volviendo a la gente principal, veamos ahora como se va conformando dentro de ella la clase alta porteña.
Ya se ha visto su origen burgués; por lo mismo, nunca fue muy exclusivista. Durante la colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse casado con la hija de Virrey del Pino).
Las sucesivas capas de burguesía comercial iban integrando la alta clase en la medida de su ascenso económico, y hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus descendientes en ella cuando sus recursos le permitieron pasar al contrabando primero, o hacerse estancieros directamente. La estancia, a su vez iba dejando de ser un complemento del comercio, como originalmente, para pasar a fundamento de la riqueza y la posesión social; así, de la estancia, sin haber pasado por el mostrador vienen por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un notable jurista, saltó en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la gente de peso en la primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los Unzué, que tampoco provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIIII.
La permeabilidad se hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció con el mundo europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos de sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa, pagando el derecho de piso en la etapa de las “rastacueros” y el “guarango” cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo de las demi-mondaines, tirando manteca al techo.(Porque la alta clase argentina tuvo su época correspondiente al “medio pelo” actual y jugó su papel en otra dimensión geográfica y cultural- lejos del país y con una resonancia apagada en el discreto “cotorreo” de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una sociedad acostumbrada a las traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.
El más numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos que nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio y siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado una abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron establecimientos rurales.
Caseros y las nuevas incorporaciones.
Después de Caseros, se producen otras incorporaciones.
La literatura de los expatriados ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos representaban lo más granado de dicha sociedad, olvidando que ya para la época rosista la propiedad de la tierra, aun en los provenientes de la burguesía originaria, había pasado a ser rasgo de más alta calificación que el comercio. Si Rosas dice despectivamente y para menoscabar a sus adversarios agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires, es por que ya se ha establecido una diferenciación cualitativa a favor de la clase estanciero. La verdad es que al principio los ganaderos y terratenientes habían constituido la base originaria de los federales porteños; pero después gran parte de ellos-los “libres del Sur”- se habían alzado contra el “Tirano” por su política nacional que perturbaba, con los bloqueos, el comercio exterior afectando el valor de las haciendas. Muchos no se sublevaron, porque no les dio el cuerpo para tanto, pero ya Rosas –como expresión del interés general de la Nación que los perjudicaba- había perdido el apoyo de los grandes terratenientes y éstos se incorporaron en seguida al bando de los vencedores; el conflicto con el gobierno de Paraná, dio oportunidad a los rezagados para incorporarse. Los que no hicieron lo pagaron con un “luto social” y quedaron marginados de la alta clase, por lo menos en la acción pública, durante varios decenios.
Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de familias principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y otros de extracción más modesta, como Mitre y sus generales Uruguayos. También la victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el nuevo nivel social.
La incorporación a través de la fortuna comercial y territorial, o el ejercicio destacado de las profesiones liberales o de la política, se fue haciendo paulatinamente con argentinos de primera y segunda generación.
“Principales” porteños y provincianos.
Esta permeabilidad de la alta clase pereció tener una solución de continuidad en la crisis del 80, como consecuencia de la derrota política de los viejos porteños. Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente principal” de provincias; en esa medida el roquismo significa una integración nacional, pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también era provinciano.
La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos”, a pesar de que por su origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus antepasados, comerciantes abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando la de los pandilleros contra los chupandinos- al margen de las motivaciones político-económicas del unitarismo porteño- correspondientes a una postura de rechazo social, en su esquema mental que sigue siendo el que originó “civilización y barbarie”. A la oposición ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la oposición gente decente-plebe en lo social, se opone la posición del puerto, ciudad de las luces, a los “catorce ranchos”.
Bien está que la gente principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado-que sigue siendo la idea democrática de los liberales aún hoy-, como representante local de la alta clase porteña pero resulta inadmisible que esos provincianos intenten ponerse a su nivel político y social en Buenos Aires.
Vencidos los porteños, la alta clase opuso a los vencedores llegados a las altas funciones de gobierno una reticencia despectiva y una agresividad humorística, mayor que a los “parvenus” surgidos del agio y la especulación en el “boom” económico de la época. La literatura porteña de fin de siglo alterna la ridiculización del “rasta” cuyos troncos orloff y los Landós, Victorias y Cupés ofendían la sensibilidad de los antiguos, con la de las maneras y modos de decir de los provincianos. Esta actitud también cuenta en la difusa motivación de la Revolución del 90, a la que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los corrales y Puente Alsina.
Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman, estanciero, dejará pronto de ser el “burrito cordobés”, como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos.
CAPITULO III
Desarraigo de la clase Alta.
El “ausentismo” de la Alta Clase
Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también “el luto social” impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.
La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero inconveniente para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun en los grandes inmigrantes.
La conquista del desierto, los ferrocarriles, la inmigración, el alambrado, el Registro de la Propiedad, el mejoramiento de las razas, y enseguida el frigorífico, realizaban el hecho del unitarismo, concentrando en el litoral y en sus grupos afincados, todo el destino de la República, en una estratificación social que garantizaba-por el doblamiento de gringos-la perdurabilidad del sistema sin el riesgo de la “chusma incivil” de que habla Sarmiento.
La colonia argentina en París tiene una significación especial y Buenos Aires adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que nuestros comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el producto de un mejor equilibrio de su sociedad.
Todo el pensamiento liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales tienden a lo mismo: desamericanizar el país-“este es un país blanco”-desvinculándolo además de lo español y afirmándolo en la doble línea en lo que lo estético es francés y lo económico británico.
Los ricos argentinos con la divisa fuerte contaban entre los ricos del mundo; ellos dieron la imagen internacional con la del país-la concentración en sus manos de toda la capacidad de consumo superfluo- es una idea parecida a la que pudo tener el maharajá de la India o el sheik Árabe, que se encontraban de paso en ese mundo internacional que constituye la clientela de los grandes hoteles, estaciones termales y balnearios europeos, y que identificaba casi como una nacionalidad a estancieros argentinos, banqueros e industriales norteamericanos, barones letones, príncipes rusos con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado conjunto en el que el volumen de la pour boire establecía las jerarquías, a ojo de conserje.
Como consecuencia de la ideología que se practicaba como dogma, la idea de la grandeza era puramente crematística, se vinculaba a las cifras de las exportaciones e importaciones, considerando la riqueza en términos de intercambio y no de producción y consumo general; correspondía una imagen estática de las clases cuya única movilidad concebible consistía en el triunfo individual de los nuevos en el comercio de campaña y la especulación en tierras.
Efecto político del desarraigo.
La alta sociedad se fue aislando de la vida cívica. La jefatura de los partidos conservadores salió de las figuras tradicionales y los grandes apellidos sólo se prestaban ocasionalmente como bandera, pasando su dirección a rangos más bajos y aun a caudillos de barrio o de pueblo, y su representación a jóvenes de las otras clases, preferentemente de provincias, promovidos por su talento como intérpretes eficaces. También se desvinculó de la milicia donde solo por excepción aparecían sus apellidos, pues se la consideraba peyorativamente hasta por los propios descendientes de quienes se habían elevado por el camino de la espada, y preferían ahora la imagen del landlord, y aun la del gentleman farmer, a la del soldado.
Aislada la alta sociedad del resto del país fue completando su desconocimiento del mismo, que pasó a ser como un país extranjero en colonización, o a lo sumo en tutela, que delegaba en sus políticos profesionales. En ocasiones alguien señalaba la desnaturalización que iba produciendo la inmigración extranjera y la eliminación de la tradición-consecuencia de la situación demográfica-como elemento formativo del país. Fueron excepciones-como Sáenz Peña e |
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